domingo, 14 de abril de 2019

Larissa Adler-Lomnitz y la formación de un científico social en México

Ayer, 14 de abril de 2019, falleció Larissa Adler, antropóloga multinacional que hizo gran parte de su carrera en México. Es una gran pérdida para las ciencias sociales y, en lo personal, para quienes tuvimos el privilegio de conocerla.
En 2012, con motivo de sus 80 años, la UNAM celebró un homenaje en el que participamos amigos y colaboradores. Reproduzco el texto que preparé entonces, recordando a quien tuvo la gentileza de ser mi mentora y maestra.


En el año de 1996, por recomendación de una amiga común, Julieta Remedi, ingresé a trabajar como asistente de investigación de Larissa Adler-Lomnitz. En esos momentos estaba concluyendo mis estudios de licenciatura en ciencias políticas en la UNAM. Como tantas otras personas, conocía a Larissa por ser la autora de un libro que dan ganas de devorar con tan sólo leer el título: Cómo sobreviven los marginados. En esos cerca de dos años en que estuve con Larissa, escribimos un artículo sobre la práctica de la abogacía en México. Tiempo después, en 2003, volví a trabajar con ella a fin de hacer un análisis detallado y comprensivo del material etnográfico y las entrevistas que recogió durante la campaña de Carlos Salinas de Gortari. En ambos casos, se trató para mí de experiencias formativas.Para expresar en qué sentido, recupero una imagen tengo muy grabada y tiene que ver con la manera en que trabaja Larissa. Se trata de Larissa y yo sentados juntos, ella a la derecha, frente a la computadora. Estamos escribiendo algo. Lo que generalmente hacíamos era un trabajo muy minucioso, pues se trataba de discutir la idea general y luego buscar, frase por frase, su expresión y desarrollo adecuados. Me gusta la imagen porque habla de una forma de trabajar muy personal, en comparación con la alternativa de enviarnos un borrador por correo electrónico para que cada quien lo revise por su parte. Pero más importante, la imagen se parece mucho a la de una lección de piano. El símil es preciso, porque en estas sesiones Larissa me transmitía el oficio del científico social mientras lo íbamos practicando.Es inevitable para mí, al pensar en la adquisición de los secretos de una profesión, derivar en La formación del científico en México, mi favorita entre las obras de Larissa, y que sostiene que la transmisión de las normas y valores de la disciplina es tanto o más importante que la enseñanza técnica en el entrenamiento del científico. Estas normas y valores vienen a ser representadas y encarnadas por la figura del tutor. No puedo resistir la tentación de asimilar mi propia experiencia con Larissa a la revelada por esta investigación.Muchas de las lecciones que aprendí con Larissa me han ayudado en la práctica, pero la mayoría de ellas son un ideal al que aspiro: características que espero adquirir con la imitación consciente.La primera se refiere al dominio de la disciplina. Cuando empezábamos a escribir Simbolismo y ritual en la política mexicana, recuerdo que me encontraba en un callejón sin salida. Me había llevado el archivo de notas de campo de la campaña de Salinas de Gortari con el fin de ponerles orden y hacer una propuesta de esquema para el libro. El problema es que la información era tanta y tan variada que no encontraba la forma de sistematizarla. Cuando creía tener algo, me daba de narices con una multitud de hechos que no se amoldaban a las categorías que había ideado con lo revisado previamente. En fin, tras dos semanas de intentos, no tenía nada y me fui al cubículo de Larissa a comunicarle toda mi frustración. Me acuerdo que me escuchó y me tranquilizó, después nos sentamos frente a la computadora y tomó del archivo una hoja con notas al azar. A partir de esa hoja comenzamos a redactar y los pedazos que se sumaban poco a poco se iban ajustando a un argumento que parecía que siempre estuvo ahí. Todavía me parece cosa como de brujería. Por supuesto, estaba presenciando un despliegue de lo que llamamos “oficio”. Larissa sabe qué hacer con la información empírica, cómo tratarla y cómo entretejerla con otras piezas de información. Como ocurre con los músicos virtuosos, la ejecución parece fácil, pero en realidad no lo es. Se trata de la práctica respaldada por el dominio pleno sobre el arte, que indica los pasos necesarios para salir con gracia de lo que para otros es un atolladero.La antropología es la ciencia del detalle y de la descripción densa. Al abordar la cultura en todas sus manifestaciones, la antropología se especializa en retratos de lo único, lo irrepetible. Larissa, claramente, se sitúa en lo mejor de esta tradición. Sin embargo, también es más. El compromiso antropológico con la singularidad puede resultar en el rechazo a la generalización y la dificultad para detectar patrones en el comportamiento. En cambio, Larissa supo combinar la minuciosidad en el registro empírico con la perspectiva teórica a partir de un conjunto de postulados sobre la naturaleza de las relaciones en función de la distancia social. La capacidad para observar la sustancia común a las relaciones sociales más allá de las variedades otorgadas por el lugar y el momento, proporcionaron a los estudios de Larissa una enorme versatilidad. Algunos de los grupos analizados y explicados por Larissa son empresarios, científicos, políticos, sector informal, marginados, abogados, profesores y artistas. Pues Larissa no es experta en un grupo social en particular, sino en los tipos de relación que se dan en todos los grupos sociales. La lección aprendida aquí es que, armado con el instrumental conceptual adecuado, se puede ser ambicioso, en el sentido de dejarse guiar por la curiosidad para observar lo nuevo y lo desconocido.En esta pulsión por explorar siempre nuevos terrenos, por iniciar proyectos que le representen una novedad, de Larissa se debe decir que viaja acompañada. Aunque la obra de Larissa es distintiva y tiene una unidad identificable, buena parte de ella es una obra en colaboración. Aquí se unen dos características de las que varios aquí nos hemos visto beneficiados. Una es que Larissa percibe como parte de sus responsabilidades la de promover la carrera de investigadoras e investigadores jóvenes. Tanto con tesistas como con asistentes de investigación, Larissa siempre ve la forma de promover e impulsar a quienes inician sus carreras. Gracias a esta actitud, por ejemplo, mi primera publicación académica fue en los Estados Unidos y firmando con una académica de renombre. Bastante bien si se toma en cuenta que no había concluido la licenciatura.Así, existe un elemento de generosidad pura en esta proliferación de colaboraciones. Sin embargo, también es cierto que Larissa cree en los beneficios de la interdisciplinariedad, que muchos predican pero pocos practican. En buena medida, la riqueza y la variedad de los terrenos explorados por Larissa se debe a su disposición para abordar sus proyectos sumando conocimientos, habilidades y las herramientas de distintos campos disciplinarios. Así, en su obra se combina la antropología con la historia, la sociología, la psicología… En mi propia experiencia, tuve la suerte de participar en un proyecto en el que se combinaron la antropología, la ciencia política y las ciencias de la comunicación.La generosidad de Larissa está muy unida a otra característica que, a mi juicio, es también una habilidad de la investigación. Su carrera ha sido muy exitosa, su investigación es ampliamente citada y ha recibido una cantidad de premios y reconocimientos que resulta difícil enumerar. Se trata de una investigadora de élite. En otro tipo de personalidad, esto sería motivo de vanidad y soberbia. Larissa, por el contrario, establece relaciones horizontales y privilegia la calidez en el trato. En la investigación, esto representa diversas ventajas. En primer lugar, porque para un antropólogo con estas características es más fácil establecer rapport con sus entrevistados. Se le da natural. En segundo lugar, porque al trabajar con ella nunca se siente que el peso de la reputación obstaculice el flujo de ideas: su estilo es el trato respetuoso entre colegas, en el que todas las alternativas son consideradas por sus méritos antes de decidir.El trabajo duro es una condición del trabajo bien hecho. Y Larissa es una trabajadora incansable. No es exagerado decir que Larissa lleva el cubículo consigo. O al menos que en buena medida su departamento es una extensión de su cubículo. Esa capacidad de trabajo puede tener diversas fuentes: la disciplina, la energía o la simple falta de alternativas para pasar el tiempo. En el caso de Larissa, me parece, el origen es un genuino amor por su profesión. Yo siempre he visto a Larissa personalmente involucrada con sus proyectos. Sus avances, ideas y hallazgos son parte constante de su conversación; al momento de trabajar, toda su atención está puesta en la hoja de papel; no habla de otra cosa que no sea el documento que se está redactando. Y no se le nota cansancio ni se la descubre distrayéndose. Es que se está divirtiendo. Este sentido del goce con la actividad de la investigación es, más allá del oficio, la disposición de herramientas teóricas, la habilidad para establecer relaciones de cooperación y la sencillez, el ingrediente final para tener una obra de excelencia.Estos son, pues, algunos de los elementos de la profesión de científico social que me transmitió Larissa en mi formación. Debo añadir que, a diferencia de esos pobres muchachitos de biomédicas, mi experiencia estuvo exenta de sufrimiento. Disfruté enormemente mi trabajo con Larissa, y siento que mi aprendizaje fue más amplio que el resultado de las investigaciones que nos ocuparon. Y siempre que pienso en la práctica de la ciencia social que disfruto, en la ciencia social como vale la pena, no me vienen a la cabeza las normas de orden metodológico a las que sin duda adhiero, sino una imagen: somos Larissa y yo, sentados frente a una misma computadora, escribiendo algo que nos guste.

miércoles, 11 de julio de 2018

¿Se van dos partiditos o se van cinco? Un análisis desde la lógica

En estos días ha habido algún debate sobre los partidos políticos que perdieron su registro como consecuencia de las elecciones federales del 1 de julio.

De acuerdo con el Instituto Nacional Electoral (INE), perdieron su registro legal los partidos Encuentro Social y Nueva Alianza.

Estos partidos obtuvieron una votación inferior al 3% en las tres elecciones federales que tuvieron lugar ese día (diputados, senadores, presidente). Los datos oficiales están disponibles aquí.

Sin embargo, Roberto Duque, académico de la UNAM, afirma que también tendrían que perder el registro el PRD, el Partido Verde y Movimiento Ciudadano. Estos partidos obtuvieron más del 3% en sus respectivas votaciones para diputados y senadores, pero en las elecciones para presidente obtuvieron el 2.9, 1.9% y 1.8 por ciento de la votación válida emitida, respectivamente.

De acuerdo con Duque, el texto constitucional (art. 41) y la ley de partidos (art. 96) establecen que un partido político pierde el registro si su votación es menor al 3% en cualquiera de las tres elecciones. Explica sus razones aquí. El consejero presidente del INE ha rechazado explícitamente esta interpretación, y afirma que los mismos artículos disponen que para mantener el registro basta con obtener el 3% o más una de estas elecciones.
El artículo 41 constitucional dice lo siguiente:
  1. El partido político nacional que no obtenga, al menos, el tres por ciento del total de la votación válida emitida en cualquiera de las elecciones que se celebren para la renovación del Poder Ejecutivo o de las Cámaras del Congreso de la Unión, le será cancelado el registro.
Ciertamente, la redacción es poco amigable y, en primera inspección, la postura de Duque resulta bastante justificada. Su argumentación es de orden legal, pero aquí intentaré hacer otro tipo de análisis de este texto, aplicando un par de reglas lógicas.
Desde el punto de vista de la lógica, el texto constitucional tiene dos propiedades distintitivas: una negación y un cuantificador.  La negación está dada por el "no"), y lo que niega es la proposición que le sigue, en rojo
El partido político nacional que no obtenga, al menos, el tres por ciento del total de la votación válida emitida en cualquiera de las elecciones que se celebren para la renovación del Poder Ejecutivo o de las Cámaras del Congreso de la Unión...
La sección del texto en rojo representa el atributo que no tiene el partido que pierde el registro. Ese atributo tiene a su vez un cuantificador, en azul:
obtenga, al menos, el tres por ciento del total de la votación válida emitida en cualquiera de las elecciones que se celebren...
Los cuantificadores son operadores para generalizar sobre un conjunto de objetos. El cuantificador universal afirma que una proposición es verdadera para todos los elementos de un conjunto. Por ejemplo, "todos los partiditos son un lastre". En cambio, el cuantificador existencial afirma que una proposición es verdadera para al menos uno de los elementos de un conjunto. Por ejemplo, "algunos partiditos son un lastre". El cuantificador del texto existencial.

Para un análisis lógico del  texto constitucional es necesario usar una expresión equivalente (con igual significado) que sea susceptible de la aplicación de dichas herramientas. Así, el atributo que NO tiene un partido que pierde el registro se puede expresar así:
existe una elección en la que el partido obtiene al menos el tres por ciento de la votación válida emitida.
Entonces, la condición para cancelar el registro quedaría:
No es el caso que existe una elección en la que el partido obtiene al menos el tres por ciento de la votación válida emitida.
A mi juicio, buena parte del problema de interpretación proviene de que el texto está expresado como negación. La  negación de una proposición con cuantificador se puede transformar en una afirmación obedeciendo dos reglas: 1) Cambiar el cuantificador: si es universal, se cambia existencial; si es existencial, cambiar a universal. 2) Negar la proposición. Siguiendo estas reglas, la expresión equivalente a "no es el caso que... válida emitida", pero expresada como afirmación es:
En todas las elecciones el partido obtiene menos del tres por ciento de la votación válida emitida.
Entonces, en conclusión, el Consejo General del INE tiene una interpretación correcta de la ley (desde el punto de vista de la lógica).
"¿Aunque el partido verde conserve el registro goey? ¿Qué onda contigo goey?" 
La parte del artículo 41 en disputa se podría escribir, expresando la misma idea, en términos del atributo que tiene el partido  que pierde el registro (y no del atributo que no tiene), de esta forma:
  1. Al partido político nacional que obtenga menos del tres por ciento del total de la votación válida emitida en todas de las elecciones que se celebren para la renovación del Poder Ejecutivo o de las Cámaras del Congreso de la Unión, le será cancelado el registro.
Este texto  es equivalente al texto vigente, pero produciría un menor rango de interpretaciones alternativas.

domingo, 17 de junio de 2018

Buenas noticias para Anaya: ¡Ganó el Tri!

Hace unas horas, la selección mexicana de fútbol venció a la alemana por marcador de 1 a 0, a pesar de las muy bajas probabilidades.
Como la cochina política se ha de meter en todo, no tardó en meterse en esto también. Casi de inmediato circulaban en redes sociales expresiones como esta:

Si el anterior se limita a sugerir que ser el preferido no necesariamente garantiza el triunfo, el meme de abajo de al tiro parece afirmar que si eres el preferido, entonces vas a perder:


Esto ha provocado la respuesta de gente enterada en estadística, que nos aclara que nada que ver, que el triunfo de la selección mexicana y el triunfo de López Obrador son "eventos independientes". Dos eventos A y B son independientes si la probabilidad de que ocurra A es la misma cuando ocurre B y cuando no ocurre. En términos coloquiales: "nada que ver". En cambio, el evento "que usted no se haga maje y se presente a la casilla a votar" tiene alguna relación con el evento "llueve a cántaros": si llueve a cántaros la probabilidad de que usted cumpla con su responsabilidad cívica es sensiblemente menor que si el clima no es tan adverso (¡y eso!).
Así, antes del partido el agregador Oraculus  daba a López Obrador una probabilidad de triunfo de 95%. Si se trata de eventos independientes, después del partido dicha probabilidad es, ceteris paribus, exactamente la misma.
Podría ser que los seguidores de Anaya o Meade sencillamente estén tomando las cosas en sentido motivacional en vez  de predictivo: la ventaja de López Obrador es muy amplia y el triunfo de un equipo mediocre frente a un rival aparentemente imbatible les parece inspirador. Si este es el caso, parece un poco mezquino ponerse muy técnico.
Pero por lo demás, la objeción es muy razonable. Finalmente, ¿por qué el desempeño de la selección, por una vez en la vida aceptable, tendría que influir en el resultado de la elección? Es decir, tanto las decisiones estratégicas del equipo técnico como los años de entrenamiento de los jugadores individuales parecen tener una relación remota, si alguna, con las decisiones de los políticos y las políticas publicas que afectan más directamente cómo votamos.
Aunque tal vez a los votantes no les parece tan obvio, y entonces los resultados de la elección no son técnicamente independientes con respecto a la suerte de la selección en el mundial. Resulta que juzgar el desempeño del gobierno para definir premios y castigos electorales no siempre es fácil. Por esa razón, parece ser que una porción considerable de los votantes se centra en sus propias sensaciones de bienestar aún si estás son causadas por hechos en los que el gobierno no tuvo ninguna influencia. Se ha detectado, así, que la votación por el partido en el gobierno se ve influida por ataques de tiburones, los resultados de la lotería, y, sí, los resultados de eventos deportivos (aquí, aquí, aquí, aquí y, sobre su impacto en los conflictos sociales, aquí).
La influencia electoral de hechos que no son realmente indicativos de la competencia de nuestros gobernantes reduce la eficacia de los votantes para controlar a los gobernantes mediante las elecciones. Dicho esto, de los estudios mencionados se desprende que sucesos como el triunfo de la selección generalmente favorecen al partido en el gobierno, especialmente cuando son inesperados (como claramente es el caso), pero este efecto es normalmente reducido (de hasta dos puntos porcentuales) y de corto plazo. Es decir, para alterar el resultado, el triunfo de la selección tendría que haber sido en una fecha más próxima a la elección, en un escenario en el que el primero y el segundo lugar están muy próximos y el segundo lugar es el PRI. 
Aún así, el punto a destacar es que, por insensato que nos parezca que los eventos deportivos tengan relación con los resultados de las elecciones, no se puede dar por descontado que se trata de eventos independientes.


P.S. Decía Fukuyama que para buena parte de las críticas a "The end of history and the last man" la respuesta adecuada es "si vas a juzgar un libro, tendrías que leer algo más que el título". Guardadas las proporciones y sin pretender otra similitud con el gran politólogo, estoy pasando por una experiencia similar. El post ha recibido algunas críticas que propiamente aplican al autor anónimo del meme que motiva este post. En el fondo es un alivio: siempre es mejor eso que una crítica inteligente y dirigida al centro del argumento. En fin, lo lamentable del asunto es que algunas de estas críticas guiadas por la pereza son dirigidas a mi institución, FLACSO, por hacerme el favor de repostear desde su perfil de FB.
El post se queda como está, pero la lección es esta: considerar que el título y la primera imagen es todo lo que necesita mucha gente para sacar sus conclusiones.

sábado, 5 de mayo de 2018

El presidente más viejito

Andrés Manuel López Obrador nació el 13 de noviembre de 1953. Si gana las próximas elecciones (o, como prefieren decir sus seguidores, “si no hay fraude en las próximas elecciones”), tendrá 65 años cumplidos al asumir la presidencia. Esto lo convertirá en el presidente con mayor edad al asumir el puesto desde la renuncia de Porfirio Díaz en mayo de 1911.
En un período de tiempo más amplio, han tenido una mayor edad Benito Juárez al asumir su quinta presidencia (65 y seis meses), Porfirio Díaz en su cuarta presidencia (66 años) y las demás y, por último, José Ignacio Pavón, con 69 años cuando fue presidente entre el 13 y el 15 de agosto de 1860.
Entonces, de verificarse su triunfo, y si no ocurre una catástrofe, López Obrador será el presidente con mayor edad al asumir la presidencia por primera vez y en ejercerla por más de dos días en la historia del país.
Como todo le critican al hombre, me apresuro a aclarar que este dato sobre la edad me parece, en principio, una simple curiosidad. Pero la identidad del aún campeón en este torneo de longevidad podría servir como argumento para quien quisiera afirmar que esta edad es una ventaja.
López Obrador ocuparía el puesto que hoy tiene Adolfo Ruiz Cortines, que tenía 62 años cumplidos al protestar como presidente para el período 1952-1958. A mi juicio, fue uno de los mejores presidentes que ha tenido el país, y sin duda el mejor presidente postulado propiamente por el PRI.
Ruiz Cortines es principalmente recordado por presentar la iniciativa por la que el derecho al voto se hizo universal, al incluir a las mujeres. Sin demeritar, esa no fue la única innovación de su gobierno. Se trataba de un político astuto, más preocupado por la eficacia y los resultados de sus acciones que por el engrandecimiento de su imagen (el absoluto opuesto de López Portillo). Posiblemente esta poca preocupación por su persona contribuyó a que en lo posterior no se valorara adecuadamente su presidencia. Por ejemplo, a José Agustín le parece fácil desdeñarlo como el "viejito de las pasitas" y burlarse de sus moños (como si los moños no fuesen lo máximo).



Bow ties are cool
(Lo del "viejito de las pasitas" viene de un chiste que encuentro vulgar incluso para mis poco exigentes estándares de decoro. En todo caso, aquí está la supuestamente "concisa y divertida", también del todo inapropiada, versión de José Agustín de este sexenio. Aquí y aquí una versión menos militante y más equilibrada, de Krause.)
Ruiz Cortines fue en lo fundamental el creador del "tapadismo", el nada democrático mecanismo por el que los presidentes priistas en los hechos designaban a su sucesor. Nada democrático, pero muy eficaz. Hasta 1988, el PRI no tendría más escisiones producto de desacuerdos con sus procesos de selección de candidatos a la presidencia.
Hay por lo menos dos puntos muy relevantes que López Obrador y Ruiz Cortines tienen en común, más allá de la edad (y el gusto por el base-ball), por lo que extraña que el candidato de Morena no lo incluya en su santuario de referencias históricas. El primero, se refuerce al modelo económico. López Obrador afirma que su modelo de política económica es el desarrollo estabilizador. Este modelo fue implementado desde la presidencia de Ruiz Cortines y garantizó un crecimiento económico ininterrumpido con estabilidad monetaria entre 1954 y 1970.
El otro punto en común es el tema de la honestidad y el combate a la corrupción. Después de los excesos de Miguel Alemán, que convirtió el gobierno en una gran oportunidad de enriquecimiento para él y para su pandilla de amigotes, el gobierno de Ruiz Cortines fue un correctivo como nunca se volvió a ver. Impuso a todo su gabinete la estricta moralidad de servicio público que él mismo profesaba con su comportamiento. Aunque llevaba ya una larga carrera como funcionario publicó, al asumir la presidencia no era rico. Más notablemente, tampoco lo era al concluir su mandato. Frente a la vergüenza que representan nuestros políticos con vida de faraones, Ruiz Cortines es un inusual motivo de orgullo.

Honesty is cool
Por supuesto, Ruiz Cortines era presidente en un régimen autoritario. En su código moral, tan admirable en muchos aspectos, no figuraban las normas democráticas. El desarrollo estabilizador exige contención salarial, lo que generó descontento en la clase obrera. Lo enfrentó con una combinación de cooptación y represión, que llegó a ser bastante brutal. Sin embargo, en general prefirió la negociación y el compromiso a la imposición unilateral.
¿Hasta qué punto estará consciente López Obrador de estos paralelismos? El tabasqueño se presenta a sí mismo como una suerte de estudioso de la historia de México, aunque a veces su versión no es muy distinta de la del libro de texto gratuito con el que mi generación fue adoctrinada. Mi esperanza en lo personal es que efectivamente lo vea como un ejemplo a seguir, y que la omisión en sus discursos se deba a una de dos razones: 1)  evitar que le digan que tiene héroes priistas; 2) como figura histórica, parece tener poca estatura, nada muy lucidor al lado de Juárez o Madero. Ambas razones son entendibles. La segunda, sin embargo, sería poco afín al espíritu de Ruiz Cortines, tan renuente a la magnificencia de los gestos y las palabras en la política.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Hugo, el cazagoles, y los dobles estándares en las campañas

En los procesos electorales se nos presentan alternativas y el acto electoral consiste en tomar partido. Durante las campañas, candidatos y candidatas nos dan las razones por las que creen que deberíamos favorecerlos a ellos en lugar de a sus rivales. Es un periodo de parcialidades y no puede ser de otra forma.
La decisión que tomamos puede obedecer a muy distintas consideraciones. En buena parte de los casos, nuestras preferencias electorales responden a criterios identitarios y lealtades de grupo como la identificación partidista. Por ese motivo, normalmente convivimos con gente con ideas políticas similares a las nuestras. Sin embargo, las redes sociales y los medios electrónicos nos exponen a la forma en que piensan los partidarios de cada contendiente, incluyendo la forma en que valoran los dichos y hazañas de sus rivales.
Es común que, como resultado, alguien observe el uso de un doble rasero: quienes favorecen al candidato A encuentran disculpables, si no encomiables, los mismos actos que encuentran reprobables en el candidato B. 
Esto notó hace poco el periodista Mario Campos, al enumerar en sus cuentas de twitter y Facebook distintas instancias de doble criterio usado por los seguidores de López Obrador. Por ejemplo: "Si AMLO hace candidatos a panistas y priistas, incluyente; si lo hace el Frente, Mafia del Poder." El mensaje tuvo varias respuestas del grupo así acusado de imparcialidad. Estas son de tres tipos: 1) Argumentar que se usa criterios distintos porque son casos distintos. 2) Afirmar que los seguidores de Anaya hacen lo mismo. 3) Afirmar que Mario Campos hace lo mismo porque sólo se fija en López Obrador. 
El primer caso es precisamente la operación mental que subyace al uso del doble rasero. El tercero es falso, y el propio Mario Campos produjo muestras de sus observaciones críticas hacia Anaya. El segundo es un poco infantil en cierto sentido pero es estrictamente cierto. Los seguidores de cada candidato se especializan en ver la paja en el ojo ajeno y omitir la viga en el propio. A mi juicio, esa es una de las razones por las que las campañas electorales tienen limitaciones para persuadir a los votantes.
Por lo general no nos damos cuenta de cuando aplicamos el doble estándar. Nadie dice para sí mismo: "Cuando mi candidato toma dinero público para financiar su campaña está favoreciendo una causa justa en beneficio de los demás, pero cuando lo hace el otro es guiado por su ambición insaciable de riqueza y poder". Hacemos las dos afirmaciones, pero las hacemos por separado. Una vez que hemos definido a nuestro candidato favorito, toda la información subsecuente es vista como información que confirma esa impresión. Esto es el llamado "sesgo de confirmación", descrito aquí por el psicólogo y premio nobel Daniel Kahneman, una de cuyas manifestaciones es el "efecto halo": si ocurre un nuevo evento, ese evento debe ser coherente con nuestras ideas previas. Ese es el origen del doble rasero. Si se me dice que un candidato se alió con un enemigo histórico de su partido, mi juicio sobre el hecho depende del candidato en cuestión: si es mi candidato, diré que es momento de sumar, no de dividir; si es su rival, diré que es un oportunista del que su madre se avergüenza. 
Para valorar lo equivocado que uno puede estar en estos juicios, a veces es bueno tomar alguna distancia. Piénsese en Hugo Sánchez. Es el máximo goleador que ha tenido el futbol mexicano y el primero en triunfar en el futbol español. Fue delantero del Real Madrid, y hasta ahora es el único jugador en ganar el título de máximo goleador en cuatro temporadas consecutivas. Era un jugadorazo. Cada tanto nos regalaba estas joyas:

Sin embargo, también era medio sangrón. La faltaba modestia (será porque le sobraba talento). A mucha gente Hugo Sánchez le caía realmente gordo, y la idea de que fuera un gran jugador no forma una imagen coherente con este juicio previo. El "efecto aureola" devolvía la coherencia al explicar así su éxito como goleador: el problema con Hugo, decían varios, es que es un "cazagoles". El cazagoles es un oportunista. Es una persona que sólo le preocupa el gol y nada por el futbol. Por supuesto, esa acusación carece de sentido. En primer lugar, es una afirmación que no procesa el gran talento que hay en goles como el mostrado arriba. Por otro lado, Hugo era delantero... Salir a la caza de los goles es básicamente la descripción del puesto. 
Antonio Carbajal, centro delantero de la selección mexicana. Odiaba que le dijeran "cazagoles" 
Por supuesto, es perfectamente posible que Hugo Sánchez o cualquiera sea al mismo tiempo megamamila y un gran futbolista. Nuestras cabezas requieren de cierto entrenamiento para no confundir la falta de coherencia con contradicciones lógicas.
Como veo las cosas, en el debate público de las campañas los seguidores del candidato A se dedican a enumerar las virtudes del candidato A y los defectos del candidato B. No perciben cuando el mismo comportamiento forma parte de las dos listas. De esto se dan cuenta los seguidores del candidato B, y señalan el doble rasero. Los seguidores del candidato A no responderán ajustando sus creencias a la realidad de que los seres humanos, incluidos los candidatos, no pueden ser pura bondad o pura maldad. Mejor señalarán el doble rasero usado por los seguidores de B al confeccionar sus propias listas. Y así hasta el día de la elección. 
Hoy, 30 años depués del gol que le clavó Hugo al Logroñés, creo que todos estaremos de acuerdo en que fue un pinche golazo, e incluso podremos acordar que las características personales son irrelevantes al valorar el talento del jugador.
Tal vez en 30 años tengamos un juicio más equilibrado de las virtudes y defectos de nuestros candidatos. Pero no creo: hasta los fanáticos del futbol son más objetivos que los seguidores de los políticos. 

jueves, 15 de febrero de 2018

Encuestas: Verdades a medias, mentiras completas

Los políticos y la verdad siempre han tenido una relación complicada, incluso antes de que se hablara de posverdad. Sólo en los casos más extremos los políticos mienten abiertamente, o son, como decía Louis Armstrong en una canción "descuidados con la verdad".
Otros dirían "genio estable"
Pero un caso más común esta dado por la combinación de una presentación selectiva de la verdad y su interpretación sesgada.
Hoy encontré en mi TL de twitter una muestra de esta forma de proceder.

En la cuenta @RedesEnAccion está el logo del PAN las suficientes veces como para que no quede duda de la filiación partidista de quienes la administran. Si quedara alguna duda, por ahí hay un llamado a "ponerse la camiseta" que tendría que dejar claras las cosas.
En esto no hay nada reprochable. En sí mismo, los datos que aquí se presentan son, en estricto sentido verdaderos. La fuente que citan es el sitio Oraculus, que incluye una sección de poll of polls. Esta sección utiliza la información de las distintas encuestas publicadas (Mitofski, Parametría, Reforma, etc.) para generar estimaciones de la intención de voto. Dos estimaciones de interés son la intención de voto por partidos y la intención por candidatos. El tweet de @RedesEnAccion no miente porque
  1. anuncia que se trata de la intención de votos por partido y
  2. Anaya es el candidato presentado por MC, PRD y PAN.
La intención de voto reportada por Oraculus para los partidos que postulan a Anaya suma (alrededor de) 34%. 
Sin embargo, como en el tweet se da un lugar tan destacado al nombre de los candidatos, se sugiere que Anaya tiene una intención de voto de 34% y López Obrador de 31%. No se miente, pero la información es engañosa. Los políticos se especializan en dar mensajes ambiguos que les permiten comunicar un mensaje deseado pero no necesariamente apropiado (desde el punto de vista de la verdad o la moral compartida), en una forma tal que después sea posible desdecirse. Así, @RedesEnAccion siempre puede afirmar que su tweet dice explícitamente que se trata de intención de voto por partido.
El problema aquí es que, si se quiere saber la intención de voto por candidato, la información pertinente no es esa, sino la relativa a... la intención de voto por candidato. De acuerdo con Oraculus, la intención de voto por López Obrador al 15 de febrero de 2018 es de entre 35 y 42 por ciento, y la de Anaya es de entre 26 y 33 por ciento. De hecho, una tercera estimación de Oraculus es la probabilidad de que un determinado candidato esté en primer lugar. Mientras que la probabilidad de que López Obrador esté en el primer lugar es de 99 por ciento; la probabilidad de que Anaya esté en primer lugar es de 1%. 

El arte del engaño
Esta forma más sutil de presentar la información sin mentir pero interpretándola en forma sesgada será crecientemente la forma privilegiada de manipulación de los hechos y nos debería preocupar más que los "hechos alternativos" de la era de la posverdad. Como "hechos alternativos" es un término fancy para las viles  mentiras, es fácil de poner en evidencia a quien los publica. La interpretación intencionada de los hechos verdaderos es más difícil de elucidar. Y peor aún cuando se presentan los hechos en forma tal que se orienta a los receptores a que lleguen a determinadas conclusiones.

Los mensajes manipuladores tienen típicamente esta "vía de escape": el emisor no afirma lo que desea que el receptor crea, pero lo conduce a esa conclusión. Por supuesto, también es posible que la gente de @RedesEnAccion realmente crea que la forma en que interpreta los resultados es correcta, producto de un efecto de wishful thinking  o cualquiera otro de los mecanismos por los que nos hacemos consistentemente más tontos cuando intervienen nuestras preferencias políticas en la discusión.

Lo deseable para estas discusiones (o todas) sería seguir reglas como las propuestas por Robert Gula en su libro Nonsense. Por ejemplo, como la ambigüedad es lo que permite los mensajes intencionados, sería bueno cuidar que nuestros mensajes sean
  1. precisos, y
  2. claros en cuanto a la conclusión a la que se pretende llegar.
Como participantes en un debate público, debemos exigir que nuestros interlocutores cumplan estas reglas de discusión inteligente y civilizada. Si nuestros interlocutores son políticos, debemos denunciar las omisiones en este sentido.
Cuando Oraculus presenta los datos por partido, no hace mención de los casos candidatos. Esto se debe a que se trata de cosas distintas. Al mezclar cosas distintas en un mismo mensaje, @RedesEnAccion está reduciendo la precisión. En cuanto al segundo punto, dado que existe la información sobre voto por candidato, @RedesEnAccion debería decir por qué cree que la información de partidos es relevante para los candidatos. Por ejemplo, podría argumentarse que esto da un potencial de crecimiento a Anaya que la intención de voto actual no revela. Por supuesto, esto es menos fuerte que la idea sugerida (Anaya va en primer lugar), pero su gran virtud es que no manipula la verdad. 

¿Por qué me importa?
@RedesEnAccion da credibilidad a su mensaje respaldándose en Oraculus. Es un poco una majadería, porque el sitio no sólo es ejemplar en la calidad técnica de sus estimaciones, sino que también lo es en la transparencia de sus fuentes y sus procedimientos. Cuando se usa esta fuente para intentar dar credibilidad a una idea tan claramente descabellada, lo que se pone en riesgo es la credibilidad de la fuente misma. 
Y resulta que Oraculus tiene una importante contribución en el debate público. Durante algún tiempo, he insistido en que en México debería crearse lo que llamo una cultura del intervalo de confianza. 

Por alguna razón, no he tenido éxito
Muchos comentaristas ven en los resultados de las encuestas un reflejo fiel de las preferencias de la población. Algunos sofisticados hacen la distinción entre "foto" y "película", pero aún hablan de la "foto" de la muestra como si fuera una "foto" de la población. En realidad, las preferencias electorales detectadas en las encuestas reflejan con casi total certeza las preferencias de la muestra. Si la muestra es representativa, los resultados de la muestra nos ayudan a hacernos una idea del valor mínimo y el valor máximo que podrían tener las preferencias de la población. Si los medios reportaran el intervalo de confianza, tendríamos una mejor idea del maravilloso instrumento que es el muestreo aleatorio, así como de sus limitaciones.
Los medios no suelen reportar los intervalos de confianza porque... no sé por qué. Intuyo un cierto menosprecio hacia la capacidad del público para manejar ideas complejas.
Oraculus, en cambio, libre de ese menosprecio, proporciona toda la información que se puede obtener de las encuestas hechas públicas: al usarlas varias muestras, se gana en precisión del pronóstico, pero también existe una incertidumbre remanente que debe ser reportada.

Campañas basadas en hechos
La gente con deseos de ver a Anaya en la presidencia debería prestar atención a lo que dicen los datos. El verdadero "saldo de las precampañas" es que Anaya está posicionado en un segundo lugar bastante solido: la probabilidad de que esté en el segundo lugar es de 98%, mientras que la probabilidad de que Meade ocupe esa posición es menor al 1%.
Estar en segundo lugar en elecciones por mayoría simple te ubica en la posición de beneficiarte del voto estratégico de los rivales. En vez de adornar la realidad, el equipo de campaña de Anaya debería dedicarse a convencer a los votantes de Meade y de Zavala de votar por él en vez de votar por su candidato favorito. "Si votan por su favorito", se les puede decir, "el resultado es que ganará López Obrador... y ustedes sabrán si eso quieren". Negando los hechos, la gente de Anaya se priva de un argumento que puede ser muy convincente para cierto sector y que podría llevarlo al triunfo.



jueves, 17 de noviembre de 2016

La elección de Trump: el tiro de gracia a la ciencia política

En primer lugar, deseo disculparme. En realidad voy a argumentar exactamente lo opuesto a lo que afirma el título,  que no es más que un descarado ardid publicitario para tener tu atención.


Es que estos días, parece ser que declarar la muerte a esta disciplina es tremendamente popular...
La más reciente autopsia se debe precisamente a lo desatinado de las predicciones (en algunos casos de 99%) de triunfo de Hillary Clinton en las pasadas elecciones presidenciales de Estados Unidos.  Aquí, aquí y aquí están algunos argumentos sobre cómo es que este error es motivo para enderezar el rumbo de la ciencia política.
Ciertamente, hay muchos motivos para discutir sobre estas predicciones y por qué se equivocaron tanto. Pero la premisa de estos argumentos es que la "ciencia política" predijo el triunfo de Clinton, y se equivocó. Si esto es cierto, el llamado a rectificar el rumbo tendría cierta base. Pero no lo es. Por un lado, esas predicciones fueron originadas por disciplinas distintas a la ciencia política. Por el otro, aquellos politólogos que aplicaron teorías y herramientas de la ciencia política de hecho no erraron el tino en tal grado (esto es más o menos el argumento que desarrollaré ahora, así que si tienes otro blog que leer, como uno que sí mate a la ciencia política, ahora es buen momento para ir por ello).

¿Dónde quedaron lxs politólogxs?
A pesar de mis esfuerzos, en los artículos mencionados puedo ubicar la parte en la que se señalan los errores de predicción que "la ciencia política" cometió de manera colectiva, pero me fue imposible localizar a un sólo politólogo o politóloga en los casos individuales que se discuten. Uno de los que se equivocó se mostró más seguros del triunfo de Clinton, asignándole una probabilidad de más de 99%, y por lo tanto ahora está muy expuesto a críticas, es el señor Sam Wang, cuya profesión es la neurociencia. Veo que la neurociencia es una rama que combina muchísimas disciplinas, pero ninguna de ellas es la ciencia política. Aún más atención recibe el economista Nate Silver, quien se "equivocó menos" que el resto dándole a Clinton un 2 a 1. Recibe más atención porque se hizo de fama con predicciones muy precisas en elecciones pasadas. Nótese que, en esas elecciones, nadie dijo "Oye, qué bárbaro. !Qué bien anda la ciencia política! ¡Estupendas predicciones! Yo no le cambiaría nada". Y todas las personas que no dijeron eso, hicieron bien, porque Wang, Silver y un montón de personas muy listas dedicadas a modelar estimaciones del resultado no son politólogos, sino que pertenecen a una industria muy particular, que es la de los pronósticos. De hecho, cuando criticamos la tarea de distintas disciplinas, deberíamos distinguir al menos tres: los encuestadores, la industria del pronóstico y la ciencia política.
Silver y demás tropa no hacen encuestas. Realizan sus pronósticos a partir de las encuestas que se van publicando en diversos medios. En este sentido, hasta cierto punto es cierto que las predicciones de los y las nerds de la industria del pronóstico son tan buenas como los insumos con los que trabajan. Hasta cierto punto, porque hay predicciones y predicciones. Algunas revelan mayor confianza y certidumbre que otras. ¿No les llama la atención que decimos que se "equivocó menos" quien hizo la predicción menos precisa?

La estadística y la cuestión de la "precisión"
Cuando se habla de precisión y métodos cuantitativos, parece que existe una confusión que tiene origen en la mistificación de las matemáticas, compartida incluso por varios críticos. Los métodos cuantitativos (al menos los aquí involucrados) son métodos probabilísticos, y sólo este término debería bastar saber que dichos métodos descartan cualquier noción de precisión como certeza.
Si usted tira un dado no cargado, yo le puedo decir que existe una probabilidad de 5/6 de que caerá un número distinto de 2. Si tira el dado y resulta que cae el número 2, ¿mi modelo probabilístico es malo? ¿Lo deberíamos cambiar por otro? Claramente no. La estimación de 5/6 es lo mejor que puedo hacer, tomando en cuenta las características del dado y el componente aleatorio del lanzamiento.
"¿Eso es lo mejor? ¡Novato!"
En el caso de las encuestas preelectorales, el componente aleatorio se debe a que se entrevista a una muestra, no a la población total. Entonces, si se entrevista a una muestra (aleatoria) de 1000 personas y de ellas el 55% reporta que votará por Clinton, ese 55% podría no ser exactamente el porcentaje de votantes de Clinton para la población total. La "precisión" de la estadística es que me permite estimar la amplitud de mi incertidumbre, la cual se refleja en el margen de error y el intervalo de confianza. En el ejemplo que planteo aquí, mi pronóstico sobre el voto de Clinton es, en un intervalo de confianza de 95%, de entre el 52% y el 58%. Todos los valores de ese intervalo arrojan el triunfo de Clinton, porque dan una mayoría absoluta de los votos. Sin embargo, en intervalos de confianza más amplios, podría ser que tendría menos del 50%. Bueno, pues resulta que, con estos datos, la probabilidad de tener esos resultados es menor al 0.1%.
Esto es, de manera muy simplificada, el procedimiento seguido por la mayoría de los pronosticadores. La gran virtud del procedimiento de Silver (que está explicado de manera fantástica aquí) es que no se limita al error muestral. Además de este problema, Silver incorpora dos fuentes de error en el pronóstico: 1) los indecisos, 2) la "contaminación" entre estados vecinos. Los indecisos podrían no votar o votar o votar igual que quienes reportan preferencia. En ese caso no son problemáticos. Pero Silver se pregunta, ¿y qué tal si buena parte de los indecisos, o todos, votan por uno de los candidatos? Digamos, por Trump. En tal caso el pronóstico podría cambiar. Pero no sólo eso: ¿qué tal si el cambio producido por este escenario no es propio de un sólo estado, sino que se da en el mismo sentido en los estados vecinos? Entonces habría un mayor efecto aún.
Considerando estas posibilidades es que Silver le asignó un 66.6% a Clinton y un 33.3% a Trump. Como estamos acostumbrados a convertir el lenguaje probabilístico en categórico, las estimaciones de 99.9% y de 66.6% son transformadas por igual en la misma certeza: ganará Hillary. Sin embargo, digamos que le invitan a usted a jugar ruleta rusa por una cantidad de dinero más que alta. El cargador tiene dos balas de seis posibles. La probabilidad de no morir es de 66.6%. ¿Jugaría?
El modelo de Silver, a mi juicio, probó ser fantástico (el comportamiento de los estados donde la predicción fue errada parece ser consistente con sus supuestos). En materia de pronósticos, dadas las condiciones, me parece que estamos frente al ejemplo del dado. Sin embargo, las felicitaciones a este predictor, ni siquiera si se extendieran a todos sus colegas, no pueden extenderse a su vez a los politólogos. La razón es clara: la predicción no es nuestro negocio (¡Ah! Por cierto, yo soy politólogo).

Ciencia política y predicción
La comunidad de politólogos y politólogas es plural, hay variedad de perspectivas teóricas, se usa una pluralidad de métodos y también hay considerable variación de seriedad y talento. Bueno, pues en toda esa pluralidad es excepcional el caso de los practicantes de la ciencia política que se dedican a hacer predicciones. Podría estar equivocado, pero me da la impresión de que el público en general y el sector no cuantitativo de mis colegas tienen a su vez la impresión de que quienes recurrimos a los métodos cuantitativos hacemos pronósticos o deberíamos hacerlos.
En parte, la ciencia social deductiva (a la que adhieren muchos cuantis, pero no todos) usa un lenguaje que se presta a la confusión. Al hablar de una "hipótesis" pensamos en una predicción, pero no en una predicción de eventos específicos, sino de una relación entre variables que observaremos al analizar los datos empíricos. No es lo mismo decir "a mayor crecimiento económico un año antes de la elección, mayor votación para el partido en el gobierno" (predicción de relación entre variables) que "Hillary va a planchar, y cañón, así que agárrate" (predicción de evento específico).
Es tan desproporcionado pensar en que las ciencias sociales den esa clase "servicios", que sólo las he visto así de desarrolladas en las novelas de ciencia ficción que dan nombre a este blog. El politólogo Bruce Bueno de Mesquita promueve a la predicción de eventos concretos como la prueba definitiva de la validez de nuestras hipótesis. Ha llamado relativamente la atención porque pocos politólogos imparten su Ted Talk (aquí su argumento en versión para adultos). Sus argumentos pueden ser o no atendibles, y tal vez tenga razón desde un punto de vista metodológico. El caso es que su postura es excepcional.
Como en prácticamente cualquier otra ciencia social (una rama de la economía se dedica a hacer terriblemente malos pronósticos de crecimiento), la ciencia política busca la explicar fenómenos a partir de los mecanismos que los generan. Es, se puede decir, la condición necesaria anterior a la predicción. Si entiendes el fenómeno, puedes formarte una expectativa de lo que podría ocurrir, condicionado a cómo estén operando los mecanismos subyacentes en cada caso especifico (este condicionamiento, de hecho, es común a todas las ciencias, "duras" o "blandas").
Entonces, aunque no es la actividad principal de la ciencia política (ni de ninguna de las ciencias sociales), para juzgar las predicciones de "la ciencia política", lo primero que habría que hacer es dar con pronósticos basados en las explicaciones (es decir, teorías) generadas por la propia disciplina. Es decir, pronósticos basados en el saber generado por la ciencia política.
Sobre eso...

Los pronósticos de la ciencia política.
Para quienes estén familiarizados con los estudios electorales norteamericanos no resulta extraño hablar de los "fundamentales".  Puesto en leguaje de pronóstico, la escuela de los fundamentales dice que, si quieres hacerte una idea del resultado electoral, antes de dejarte llevar por las particularidades específicas de cada elección, debes observar:
  1. El nivel de identificación partidista.
  2. El estado de la economía.
  3. Qué partido gobierna y por cuanto tiempo.
La gente de Vox y The Economist ha tenido la gentileza de juzgar los pronósticos de la ciencia política a partir de los pronósticos hechos a partir del conocimiento de esta disciplina. Los resultados están aquí. No comentaré sobre ellos. Sólo diré una anécdota. Con Mauricio Rivera escribimos hace unos años un artículo sobre el estado de la ciencia política que ha causado alguna polémica. Uno de nuestros críticos observó que encontraba sumamente cuestionables nuestras regresiones. Nuestros esfuerzos por revisar las regresiones y corregirlas donde haga falta tienen una enorme limitación: el articulo no contiene una sola regresión. (Lo dejo aquí: tal vez usted detecte una que yo no haya visto.)
Por supuesto, los artículos mencionados al inicio de este post son considerablemente más inteligentes que esto. Mi posición es que la reflexión habría sido más apropiada si se hubiese encaminado a los usos y limitaciones de nuestras herramientas predictivas en el debate público.
El debate sobre la precisión de los pronósticos de la ciencia política, si le ha de servir a la disciplina, debería comenzar por el trabajo de la ciencia política.

Entonces, ¿por qué la mala onda?
Esperando a que el diagnóstico sobre el paciente se haga observando al paciente adecuado, me llama la atención la prisa con la que se declara la muerte de la ciencia política, el fin de una época, la necesidad de cambio de rumbo, etc.  Adelanto comento algunos hipótesis que se me ocurren para esta ansiedad:
  1. En algunos casos, se trata de un proyecto ideológico-partidista. Resulta que el Partido Republicano lleva años en ofensiva contras la ciencia política, en buena medida porque le incomodan las implicaciones políticas de sus hallazgos.
  2. Una rama de la ciencia política ha pasado por un desarrollo sumamente acelerado en los últimos años, que involucra el abandono del lenguaje propio del debate público en favor de un lenguaje crecientemente técnico. En casos localizados, este desarrollo ha provocado una reacción ludita entre quienes se sienten rebasados por las nuevas habilidades exigidas por esta práctica. Otros no están de acuerdo por principio (no sé muy bien qué principio). En todo caso, este sector reactivo es minoritario. Lo normal es que la gente practique sus propios estilos de investigación de la mejor forma posible, manteniéndose al tanto de los hallazgos de sus colegas y consciente de que existen distintas formas de investigación rigurosa.
  3. Más importante aún, esta segmentación se presta a mistificaciones. Por un lado, desde cierto punto de vista puede ser fácil agrupar a toda persona que analice hechos políticos con herramientas matemáticas como "politólogo". Asimismo, sin el conocimiento apropiado puede generarse la sensación de que, si se usan herramientas matemáticas, cabe esperar que se hagan cosas como lanzar un cohete a la luna. 
  4. Relacionado con esto último, creo que tenemos un problema de relaciones públicas. Los pronósticos comentados antes y que yo considero propiamente politológicos no recurren a las sofisticaciones técnicas de Silver, por ejemplo. Un entrenamiento básico en estadística es suficiente para diseñar estos modelos e interpretar sus resultados. Su poder proviene del marco analítico, del conocimiento de los mecanismos que operan sobre el fenómeno. Si los críticos de la ciencia política representada por Silver no tienen presente el trabajo de la ciencia política representada por politólogxs se debe a que estos resultados carecen de la exposición mediática de los pronosticadores de otras disciplinas. Hasta que no tengamos buenos divulgadores (un Asimov de la Ciencia Política), tendremos dificultades eternamente para explicarnos y diferenciarnos con respecto a otras profesiones.